domingo, 28 de junio de 2015

Intemperie



Has llegado

y lo sabes

porque la opresión se afirma
contra tu cuerpo
y condescendiente optas por el dulce

mutismo.

Más allá de la negación o la aceptación,
la rebelión de los astros
la complicidad de medianoche,

el recogimiento

te sitúa en el punto de mira

del que ya no ansías
escapar.
Con labios de fuego
con la mano tendida

arribas a la estación

donde la sentencia 
se digiere

sin prisa y viendo fijamente
al sol.


lunes, 22 de junio de 2015

Desayuno



Entre la medialuna

y el café

transcurre una mirada

que la palabra no alcanza a descifrar.

Revolotea, hace guiños,

traza una historia

sin deudos.

Sobre la mesa

conspiran los gentiles 

sabores

de una mañana de enero.

Vaga sin tropiezos la sonrisa,

la expectación, la ingenuidad.

La taza humeante concentra

las improbables querencias.

Con ligereza, los dedos abandonan

el plato y van tras otra

porcelana

que también es piel.

Sin sucumbir al trasnocho,

los sueños se degustan 

lentamente,

lejos aún de las migajas.





domingo, 21 de junio de 2015

Había una vez un barquito chiquitito



Hay pueblos costeros que de cuando en cuando echan mano de sus tradiciones marineras y les conceden espacio y tiempo para recordar su génesis.

Sobre el origen de la tradición de la botada a la mar de réplicas de veleros en honor a San Juan Bautista, co-patrono espiritual de los pescadores, cuenta el cronista de la ciudad de Porlamar (Isla de Margarita) Erwin Murguey Marín, que el 24 de junio “casi todos los pescadores se quedaban en tierra para rendirle honores; fabricaban botecitos con tacarigua (madera de balsa o boya) y los engalanaban con banderas y banderines, emulando a los de gran calado y los echaban a regatear invocando la protección del Santo, tal como si estuvieran faenando en alta mar”.

Son recuerdos que proceden de las vivencias del cronista durante su infancia en la población costera de Boca del Río, y de lo relatado por su abuelo paterno, Telésforo Marín, de profesión pescador y quien era propietario de una balandra llamada “La Gallarda” y de una piragüita llamada “La Gallardita”.


Con el fin de rescatar esta hermosa tradición, la Fundación Museo del Mar, con sede en Boca del Río, capital del municipio Península de Macanao, desde hace tres años organiza cada 24 de junio el Concurso de Réplicas de Veleros en honor a San Juan Bautista, que se desarrolla durante la mañana en Playa La Poza. Participan  competidores provenientes de distintos municipios de la isla. Unos son profesionales de la carpintería de ribera, otros son aficionados, pero a todos los une un elemento en común: la pasión por las embarcaciones artesanales.


Las pintorescas piezas concursantes deben cumplir con ciertas condiciones para poder participar: tener hasta 80 cm. de eslora (largo de una embarcación); ser navegables a vela, sin importar el material con el que fueron creadas (generalmente algún tipo de madera noble) y llevar un nombre para ser identificadas durante la fase en que les toca navegar.

El público suele congregarse en el lugar del evento para observar de cerca las réplicas mientras están orgullosamente exhibidas sobre mesones y luego para disfrutar el momento de su breve pero emocionante travesía en solitario.

Son dos fases significativas de la competencia: la primera es para comprobar el nivel de fino acabado en sus detalles y la creatividad puesta en los elementos que se recuerdan como propios del modelo seleccionado para cada competencia anual: tres puños, peñero, goleta, balandra. Mientras que en la fase de navegación se certifica el dominio de la técnica de construcción. Allí no hay discusión que valga: ganará el barquito que con más audacia y valentía remonte las pequeñas olas y traviesamente ponga en apuros a su dueño, quien tendrá que salir ágilmente en su búsqueda.


Cuando se le consulta a Justo Rafael Reyes, carpintero de ribera y ebanista, sobre las diferencias que hay entre la construcción de las grandes embarcaciones artesanales y las réplicas de éstas, no duda al afirmar que los barquitos necesitan más dedicación. “Hay que ponerle más cuidado; una réplica lleva muchos detalles, pero como uno está haciendo el trabajo solo, se concentra más”, dice. El tres puños con el que compitió en el año 2014 lo hizo en veinte días. Los fines de semana la jornada era de diez horas. Cuenta que en esos menesteres el tiempo se le va rápido, escuchando vallenatos. 

En Playa La Poza, Boca del Río, Isla de Margarita.

Culminada la botada al mar, los competidores retornan con sus barquitos.

sábado, 16 de mayo de 2015

En Pampatar también se alimenta el espíritu




La presencia de establecimientos de comida en Pampatar es notoria. Desde restaurantes de lujo hasta tarantines, con una oferta culinaria que va desde los tradicionales platos de pescados y mariscos hasta las propuestas de fusiones gourmet.


Pero en la calle Joaquín Maneiro hay una casa de arquitectura colonial con un letrerito que dice “Casa amarilla”. Es un taller de artes plásticas que los viernes en la tarde cede su espacio a la poesía. Para no desentonar con su entorno, es un espacio que también se dedica a la misión de alimentar, pero en este caso no al cuerpo sino al espíritu.


Una veintena de personas de todas las edades y oficios empezamos a reunirnos cada viernes, convocados por Leopoldo Plaz, y lo haremos religiosamente durante cuatro meses para disfrutar de la promesa de este taller de escritura poética: la experiencia en la palabra, la que nos hace compartir, comprender, amar. 

Una vez que se entra a ese sencillo salón con objetos de arte en las paredes y un pizarrón vertical, toda la realidad queda atrás. La sesión da inicio a las 5:30 de la tarde y todos se esfuerzan por llegar a la hora. Después nadie tiene prisa por salir. 

En este rincón de Pampatar, cada viernes se produce el acercamiento a la palabra desde los sentidos. El libro de Hanni Ossott titulado “Cómo leer la poesía” es nuestra brújula en esta aventura, que la propia escritora ha definido como “la instancia más sagrada de la literatura, es la conexión con lo divino. En la narrativa podemos establecer una distancia a veces insondable entre nosotros y lo escrito; en la poesía no hay posibilidad de distancia entre nosotros y el texto. El texto es una geografía de nuestra alma, es en definitiva, la esencia de nuestra naturaleza”.